Texto de José Orlandis en "Historia de la Iglesia Antigua y Medieval":
El Cisma se produjo a raíz de la elección del sucesor de Gregorio XI. El Colegio cardenalicio contaba con una gran mayoría de miembros franceses, como había sido habitual durante todo el período aviñonés. El pueblo de Roma deseaba vivamente que el nuevo Papa fuese romano o, cuando menos, italiano, para evitar cualquier veleidad de retorno a Aviñón, nada improbable si el elegido era un cardenal francés. El cónclave se reunió en un clima apasionado de tumultos populares y el 8 de abril la elección recayó en un prelado italiano que no era cardenal, el arzobispo de Bari, Bartolomé Prignano, entronizado seguidamente con el nombre de Urbano VI (1378–89). En un primer momento, la elección pontificia fue aceptada por todos, pero no tardaron en surgir tensiones que produjeron un duro enfrentamiento entre el nuevo Papa y la mayoría francesa del Sacro Colegio. Entonces, los cardenales que constituían esa mayoría abandonaron Roma y declararon públicamente que la elección de Urbano era inválida, por falta de libertad en los electores que habrían obrado coaccionados por las amenazas del pueblo romano. Seguidamente, en septiembre del mismo año, ese grupo de cardenales se reunió en la villa de Fondi y procedió a una nueva elección en favor del cardenal Roberto de Ginebra, que tomó el nombre de Clemente VII (1378–94). Los dos elegidos se excomulgaron mutuamente y el Cisma quedó instituido de modo oficial.
El Cisma de Occidente se prolongó durante cuarenta años, con grave daño de la Iglesia. Desde un principio, la Cristiandad se escindió en dos «obediencias», en las que se agruparon las naciones que reconocían al Papa de Roma o al de Aviñón. La razón de la amplitud y persistencia del Cisma ha de buscarse en las mismas circunstancias que rodearon su nacimiento. Es cierto que no era esta la primera ocasión en que aparecía un antipapa, fenómeno histórico que contaba con abundantes precedentes en los siglos pasados. Pero otras veces la Iglesia Universal no había tenido serias dudas acerca de quién fuera el Papa legítimo, aun cuando, por diversas razones, alguna facción eclesiástica o incluso el propio emperador hubieran reconocido a un seudopontífice; ahora, en cambio, la situación era distinta, pues la legitimidad de uno u otro Papa dependía de la validez o invalidez, tan difíciles de comprobar, de la discutida elección de Urbano VI.
No faltaron, sin duda, en los orígenes de esta crisis eclesiástica, influencias de signo bien terreno, y en tal sentido aparece claro que el apoyo prestado a Clemente VII por el rey de Francia, deseoso de restaurar el Papado aviñonés contribuyó en buena medida a la consolidación del Cisma. Pero la realidad es que la Cristiandad se encontró frente al hecho de la simultánea existencia de dos papas, cada uno de los cuales pretendía ser el legítimo vicario de Cristo, el uno con sede en Roma, la Ciudad Eterna, y el segundo en Aviñón, esa otra ciudad que, desde hacía setenta años, las gentes se habían acostumbrado a considerar como residencia pontificio. Todas estas razones ayudan a comprender, no tan sólo por qué los príncipes y las naciones se dividieron entre las varias obediencias, por motivaciones en buena parte de orden temporal y político, sino también el que la incertidumbre alcanzara incluso a muchos espíritus profundamente religiosos, que obraban con indudable rectitud y movidos por un sincero afán de fidelidad a la Iglesia. El simple dato de que santos canonizados –Santa Catalina de Siena y San Vicente Ferrer, por ejemplo– militasen en contrapuestas obediencias es un indicio de hasta qué punto el Cisma había sembrado la confusión en las conciencias de los fieles.
El final del Cisma y la reunión de la Cristiandad bajo un solo pastor seguía constituyendo, sin embargo, el supremo anhelo de la Cristiandad. Pero entre tanto 1a división se prolongaba y las nuevas elecciones papales celebradas en Roma y Aviñón parecían augurar un indefinido mantenimiento de la escisión. No dieron fruto las incontables soluciones propuestas para poner, término a la disputa, pues las dos partes se mostraban irreductibles y, pese a sus declaraciones en pro de la unidad de la Iglesia, en la práctica rehusaban cualquier efectivo acercamiento que preparase de algún modo el final de la escisión. Poco a poco, a medida que pasaban los años, se abrió camino la idea de que solamente un Concilio sería capaz de terminar con el Cisma.
En 1408, Gregorio XII era Papa en Roma y Benedicto XIII –Pedro de Luna– encabezaba desde hacía catorce años la obediencia de Aviñón. Ante la imposibilidad de lograr un entendimiento entre ellos, un grupo de cardenales romanos y aviñonenses se puso de acuerdo para convocar en Pisa un Concilio destinado a poner fin al Cisma. El Concilio de Pisa se reunió en 1409, declaró depuestos a los dos Pontífices de Roma y Aviñón y eligió Papa al arzobispo de Milán, Pedro Filarghi, con el nombre de Alejandro V. En la práctica, nada se había conseguido, pues ni uno ni otro de los depuestos Pontífices aceptó esa solución y el resultado fue que la Cristiandad quedó sumida en una confusión todavía mayor, y repartida ahora no ya entre dos, sino entre tres obediencias. La Iglesia parecía hallarse en un callejón sin salida y la idea de que tan sólo un Concilio verdaderamente universal podía sacar a la Cristiandad del atolladero se extendía cada vez más y encontraba un ardiente valedor en el recién elegido monarca alemán Segismundo. Juan XXIII, el nuevo «papa de Pisa», sucesor de Alejandro V, hubo de buscar el apoyo de Segismundo y, a instancias del emperador, se decidió a promulgar, en diciembre de 1413, la bula de convocación del Concilio Ecuménico de Constanza.
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