domingo 1 de enero de 2012

Breve introducción a los Padres de la Igesia (III)

Los Padres Apologistas por Marcelo Merino

SAN JUSTINO MÁRTIR
Este escritor pertenece al grupo denominado apologistas cristianos, quienes en la segunda mitad del siglo II «se proponían defender la nueva religión de las graves acusaciones de los paganos y de los judíos, y difundir la doctrina cristiana de una manera adecuada a la cultura de su tiempo. Así, los apologistas buscan dos finalidades: una, estrictamente apologética, o sea, defender el cristianismo naciente (apologhía, en griego, significa precisamente “defensa”); y otra, “misionera”, o sea, proponer, exponer los contenidos de la fe con un lenguaje y con categorías de pensamiento comprensibles para los contemporáneos».
La acusación de mayor relieve que se esgrimía contra los cristianos era la de ateísmo, que incluía dos crimenes: el desprecio contra los dioses, que era considerado como un crimen de lesa majestad, y el rechazo del culto imperial, que suponía una deslealtad contra quien se encontraba en la cima del poder político y se entendía como un crimen maiestatis.
Además de la hostilidad de los emperadores romanos, los cristianos tenían que enfrentarse a la oposición de la sociedad pagana, que proyectaba en la opinión pública de los tres primeros siglos una serie de acusaciones y calumnias, acusándoles de delitos y torpezas infames, como la antropofagia y las relaciones incestuosas. En esta tarea de intoxicación no faltaron intelectuales tan influyentes como el rétor Frontón de Cirta, y el filósofo platónico Celso, quien compuso, alrededor del 178 el Discurso verdadero (Alêthês lógos), donde se ridiculiza a los cristianos hasta el extremo de considerarlos unos perfectos ignorantes, pues adoran a un asno crucificado.

Los apologistas cristianos trataron de aclarar estos equívocos y falsedades propaladas en el seno de la sociedad greco-romana de estos primeros tiempos del cristianismo. Su línea argumental era la de presentar al cristianismo como una religión no sólo compatible con el bien político del Imperio, sino que promueve y favorece la realización de ese bien político, puesto que las exigencias morales cristianas facilitan la consecución de dicho objetivo. Sin duda, la finalidad de todos los apologistas cristianos de esta época era hacer comprensible el carácter racional y superior de la doctrina cristiana.
Como ejemplo, basten las siguientes palabras de uno de estos escritores: «Entre nosotros fácilmente podréis encontrar gentes sencillas, artesanos y viejecitas, que si de palabra no son capaces de mostrar con razones la utilidad de su religión, muestran con las obras que han hecho una buena elección. Porque no se dedican a aprender discursos de memoria, sino que manifiestan buenas acciones: no hieren al que los hiere, no llevan a los tribunales al que les despoja, dan a todo el que pide y aman al prójimo como a sí mismos. Ahora bien, si no creyéramos que Dios está por encima del género humano, ¿podríamos llevar una vida tan pura? No se puede decir; pero estando persuadidos de que de toda esta vida presente hemos de dar cuenta al Dios que nos ha creado a nosotros y al mundo, escogemos la vida moderada, caritativa y despreciada, pues creemos que no podemos sufrir aquí ningún mal tan grande, aun cuando nos quiten la vida, comparable con la recompensa que recibiremos del gran Juez por una vida humilde, caritativa y buena».

2. La personalidad de san Justino
«San Justino nació, alrededor del año 100, en la antigua Siquem, en Samaría, en Tierra Santa; durante mucho tiempo buscó la verdad, peregrinando por las diferentes escuelas de la tradición filosófica griega. Por último, como él mismo cuenta en los primeros capítulos de su Diálogo con Trifón, un misterioso personaje, un anciano con el que se encontró en la playa del mar, primero lo confundió, demostrándole la incapacidad del hombre para satisfacer únicamente con sus fuerzas la aspiración a lo divino. Después, le explicó que tenía que acudir a los antiguos profetas para encontrar el camino de Dios y la verdadera filosofía. Al despedirse, el anciano lo exhortó a la oración, para que se le abrieran las puertas de la luz»3.
Desde ese momento, y siendo siempre laico, puso sus conocimientos filosóficos al servicio de la fe. Inmediatamente después de su conversión, «con el tribon o manto de filósofo» al hombro, «se ejercitaba –en Éfeso– en las doctrinas de los griegos», «predicaba la palabra divina y combatía por la fe... » (Eusebio, Historia eclesiástica, 4,8,3; 4,11,8), haciéndolo al modo socrático, dialogando. En tiempo de Marco Aurelio (138-161) aparece en Roma, donde a imitación de otros filósofos estoicos, epicúreos, platónicos, etc., abrió la primera escuela de filosofía cristiana. «Allí comunicaba las palabras de la verdad a cuantos querían acercársele» (Acta S. Justini, 3: PG 6, 1568), «no por amor del dinero (como su contrincante Crescente) ni de gloria o placer» (Diál. 82,4), sino porque «quien puede decir la verdad y la calla, será juzgado por Dios» (Diál 82,3).
Estas últimas palabras son el motivo fundamental que le impulsan como laico a defender y enseñar la doctrina cristiana. Su conversión debió tener lugar hacia el 130, puesto que entre los años 132-135 le encontramos en Éfeso, donde parece que tuvo lugar su conversación en el judío Trifón y que constituirá más tarde la materia de su obra principal: el Diálogo con Trifón, escrita hacia el año 160.

3. Obras de san Justino
De los escritos auténticos de nuestro autor han llegado hasta nosotros las dos Apologías y el Diálogo con Trifón, y también algunos fragmentos sobre la Resurrección.
Desde el punto de vista estrictamente literario, la obra de san Justino no es perfecta. El gran defecto de su composición es la falta de orden lógico y de método en el desarrollo de las ideas. Ciertamente existe un objetivo en cada uno de sus escritos; pero en vez de abordarlo directamente, se pierde en digresiones, intercala ideas secundarias, interrumpe los razonamientos para reemprenderlos más tarde, etc. Aunque su estilo no sea elegante y alguna vez imperfecto, sin embargo destaca por su sencillez y claridad. Muchos de los pasajes de sus escritos nos revelan el celo apostólico y el ardor sin discusión de su autor. Otros gozan de una importancia sin precedentes, como son las narraciones de la administración del Bautismo cristiano o la precisión con que describe la celebración de la Eucaristía.

a. En la Primera Apología, escrita entre los años 147-161, tras la dedicatoria, aparece el enunciado de su naturaleza apologética: «en defensa de los hombres... injustamente odiados y perseguidos...» (Apol 1,1). Justino «uno de ellos» (ib. 1,1) y «filósofo» (1,3), refuta las acusaciones lanzadas contra los cristianos, refutación que prolonga en su apéndice o Segunda Apología.
Esta primera apología responde a cuatro clases de acusaciones que se hacían contra los cristianos:
1) políticas: nuestro reino no es de este mundo (11), somos los mejores aliados para la paz (12) y los súbditos más fieles (17), exigimos el cumplimiento de las normas procesales ordenadas por el emperador Adriano (68);
2) dogmáticas: los cristianos no son ateos (6) ni idólatras politeístas (9), sino monoteístas (13), admiten la divinidad de Cristo (13 ss.), Hijo de Dios (22), Mesías anunciado por los profetas (30-53);
3) morales-cúlticas: caridad, castidad de los cristianos (14-16; 27 y 29), comportamiento heroico ante la muerte (57) por la fe en la inmortalidad y resurrección (18-19), elevación de los ritos bautismales y eucarísticos (61-67);
4) filosóficas: las diversas escuelas filosóficas tienen porciones de verdad, tomadas de la verdad revelada (20-21 y 44).
b. En la Segunda Apología san Justino protesta contra la injusticia de Urbico (1-2) y denuncia las calumnias del filósofo cínico Crescente, a quien sitúa muy alejado de la moralidad (3).
Responde a una objeción irónica de los paganos. San Justino reprueba el suicidio (4), a la vez que explica por qué Dios no libra a los cristianos de las persecuciones (5-7).
En perspectiva positiva, el Apologista muestra que la doctrina de los cristianos es más perfecta que la de los filósofos estoicos y que la conducta de los cristianos es irreprochable (8-13). Su doctrina es original y novedosa. Estas son sus palabras:
«Lo nuestro se muestra más excelso que toda enseñanza humana porque la entera racionalidad es el Cristo manifestado en favor nuestro al llegar a ser cuerpo, razón y alma. Porque siempre cuanto de bueno profesaron o hallaron los que filosofaban o legislaban, fue logrado por ellos mediante la investigación y la contemplación, conforme a su participación del Logos. Pero al no haber conocido la totalidad del Logos, que es Cristo, muchas veces dijeron cosas contradictorias entre sí. Y los que antes de Cristo intentaron, conforme a las fuerzas humanas, investigar y demostrar las cosas por la razón, fueron llevados a los tribunales como impíos y amigos de novedades. Y el que más empeño puso en ellos, Sócrates, fue acusado de los mismos crímenes que nosotros, pues decían que introducía nuevos ‘démones’ y que no reconocía a los que la ciudad tenía por dioses» (II Apol 10, 1- 5).

c. El Diálogo con Trifón es la obra más importante de san Justino y comprende 142
capítulos. El diálogo parece durar dos días, lo que divide artificialmente el tratado en dos partes: los capítulos 1-73 corresponden al primer día, y los capítulos 74-142 al segundo.
1) La primera parte, después del prólogo en el que narra su propia conversión al cristianismo (1-8) establece dos ideas: la caducidad de la Antigua Alianza y sus preceptos. La ley de Jesucristo la reemplazará, porque se extiende a todos los pueblos, domina todos los siglos y se impone a todos los hombres (10-42). La otra idea es la preexistencia de Cristo, la identificación del Logos con el Dios que se apareció a los profetas y que más tarde se encarnó en el seno virginal de María (43-73). Ahora bien, el desarrollo de estos dos pensamientos se encuentra interrumpido por numerosas digresiones sobre la maldad de los judíos (16-17), las dos venidas de Cristo (30-39), digresión interrumpida a su vez por otra sobre la malos cristianos o herejes (35-36), el precursor (49-52), los ritos de la ley mosaica (67), las imitaciones diabólicas (69-70) y la mutilación de las Escrituras (71-73).
2) La segunda parte comienza con el mismo argumento que acaba la anterior; es decir, los profetas certifican y proclaman que «Jesucristo es el Hijo de Dios» (74-108). En cambio, el final de esta parte (109-142) está dedicada a la doctrina sobre la vocación de los gentiles. Es importante descubrir la actitud de san Justino, y de los autores ortodoxos en general, respecto a los judíos. A diferencia de los herejes, Marción es paradigmático en este punto, san Justino considera el Antiguo Testamento como una preparación del Nuevo y muestra cómo los profetas son los introductores, divinamente inspirados, de la doctrina cristiana. Así lo enseña Benedicto XVI en la Audiencia mencionada: «El Antiguo Testamento tiende hacia Cristo del mismo modo que una figura se orienta hacia la realidad que significa, también la filosofía griega tiende a Cristo y al Evangelio, como la parte tiende a unirse con el todo. Y dice que estas dos realidades, el Antiguo Testamento y la filosofía griega, son los dos caminos que llevan a Cristo, al Logos. Por este motivo la filosofía griega no puede oponerse a la verdad evangélica, y los cristianos pueden recurrir a ella con confianza, como si se tratara de un bien propio. Por eso, mi venerado predecesor el Papa Juan Pablo II definió a san Justino «un pionero del encuentro positivo con el pensamiento filosófico, aunque bajo el signo de un cauto discernimiento»: pues san Justino, «conservando después de la conversión una gran estima por la filosofía griega, afirmaba con fuerza y claridad que en el cristianismo había encontrado “la única filosofía segura y provechosa”4».

4. El pensamiento de san Justino
Al examinar el conjunto de los escritos de Justino llama la atención su recurso al A. Testamento, en cuanto manifiesta una serie de anuncios proféticos, que tendrán su realización plena en Cristo. Se sirve para ello de una exégesis alegórica, que enlaza con la tradición platónica y con la rabínica. Las llamadas «Memorias de los Apóstoles» le darán la evidencia histórica de la verdad contenida en las profecías. Conviene anotar también, que además de las Escrituras canónicas, emplea igualmente la tradición apócrifa. Así lo podemos comprobar cuando describe el nacimiento del Señor en una cueva (Diál., 78, 3), que coincide con el Protoevangelio de Santiago. En ocasiones, Justino menciona también sus fuentes apócrifas, como hace en I Apol 48, 3 con las Actas de Pilato.

El pensamiento filosófico de Justino va a encontrar en los textos bíblicos una rica cantera de formulaciones teológicas. El tema central de su doctrina es la identificación del logos con Jesús. Su premisa básica es considerar la razón humana (logos) como una participación del Logos divino. Como mediador en la creación, ha sembrado en todos los hombres la semilla de la verdad (Logos spermatikós). De ahí que considere a los filósofos precristianos, que vivieron de acuerdo con el Logos, como auténticos cristianos. Entre ellos citará a Sócrates, Platón y a Heráclito, entre los más destacados. Se puede decir que Justino compendia en Cristo, e incluso la supera, toda la historia del pensamiento humano.
La distancia entre los hombres y Dios, situado «en su propia región» (arriba o fuera del mundo), se salva gracias al Logos, Dios-Hombre, «que es llamado Dios y es Dios y lo seguirá siendo» (Diál. 58,9), «y se hizo hombre» (Apol. 1,66,2; 11,13,4). En todo el mundo antiguo oriental, en contraste de ordinario con la mentalidad helénica, el logos- palabra y, sobre todo, el de la Divinidad, no es sólo ni en primer lugar expresión del pensamiento sino una fuerza poderosamente dinámica. Para Justino, que, a nuestro juicio, aúna el concepto oriental-israelita y el griego, es «Logos y Potencia» (dynamis), con traducción en endiadis, «Logos dinámico, operativo» (Diál. 105,1), «potencia racional» (logike) (Diál. 61,1), la «Fuerza del Padre» (Apol. 11,10,8), cosmológica más que soteriológica, creadora del cosmos y del hombre (Apol 1,64,4-5; 11,6,3; Diál. 62; 129,3, etc.), y Palabra reveladora de verdades a judíos y gentiles (Apol 11,10,2-8; 13,3- 6; Diál. 128,2-4; 56).
San Justino, y con él los demás apologistas, firmaron la clara toma de posición de la fe cristiana por el Dios de los filósofos contra los falsos dioses de la religión pagana. Era la opción por la verdad del ser contra el mito de la costumbre. Algunas décadas después de san Justino, Tertuliano definió esa misma opción de los cristianos con una sentencia lapidaria que sigue siendo siempre válida: «Dominus noster Christus veritatem se, non consuetudinem, cognominavit», «Cristo afirmó que era la verdad, no la costumbre».

En una época como la nuestra, caracterizada por el relativismo en el debate sobre los valores y sobre la religión -así como en el diálogo interreligioso-, esta es una lección que no hay que olvidar. Con esta finalidad –concluía Benedicto XVI- os vuelvo a citar las últimas palabras del misterioso anciano, con quien se encontró el filósofo Justino a la orilla del mar: «Tú reza ante todo para que se te abran las puertas de la luz, pues nadie puede ver ni comprender, si Dios y su Cristo no le conceden comprender».

jueves 29 de diciembre de 2011

El Cisma de Occidente

Texto de José Orlandis en "Historia de la Iglesia Antigua y Medieval":

El Cisma se produjo a raíz de la elección del sucesor de Gregorio XI. El Colegio cardenalicio contaba con una gran mayoría de miembros franceses, como había sido habitual durante todo el período aviñonés. El pueblo de Roma deseaba vivamente que el nuevo Papa fuese romano o, cuando menos, italiano, para evitar cualquier veleidad de retorno a Aviñón, nada improbable si el elegido era un cardenal francés. El cónclave se reunió en un clima apasionado de tumultos populares y el 8 de abril la elección recayó en un prelado italiano que no era cardenal, el arzobispo de Bari, Bartolomé Prignano, entronizado seguidamente con el nombre de Urbano VI (1378–89). En un primer momento, la elección pontificia fue aceptada por todos, pero no tardaron en surgir tensiones que produjeron un duro enfrentamiento entre el nuevo Papa y la mayoría francesa del Sacro Colegio. Entonces, los cardenales que constituían esa mayoría abandonaron Roma y declararon públicamente que la elección de Urbano era inválida, por falta de libertad en los electores que habrían obrado coaccionados por las amenazas del pueblo romano. Seguidamente, en septiembre del mismo año, ese grupo de cardenales se reunió en la villa de Fondi y procedió a una nueva elección en favor del cardenal Roberto de Ginebra, que tomó el nombre de Clemente VII (1378–94). Los dos elegidos se excomulgaron mutuamente y el Cisma quedó instituido de modo oficial.

El Cisma de Occidente se prolongó durante cuarenta años, con grave daño de la Iglesia. Desde un principio, la Cristiandad se escindió en dos «obediencias», en las que se agruparon las naciones que reconocían al Papa de Roma o al de Aviñón. La razón de la amplitud y persistencia del Cisma ha de buscarse en las mismas circunstancias que rodearon su nacimiento. Es cierto que no era esta la primera ocasión en que aparecía un antipapa, fenómeno histórico que contaba con abundantes precedentes en los siglos pasados. Pero otras veces la Iglesia Universal no había tenido serias dudas acerca de quién fuera el Papa legítimo, aun cuando, por diversas razones, alguna facción eclesiástica o incluso el propio emperador hubieran reconocido a un seudopontífice; ahora, en cambio, la situación era distinta, pues la legitimidad de uno u otro Papa dependía de la validez o invalidez, tan difíciles de comprobar, de la discutida elección de Urbano VI.

No faltaron, sin duda, en los orígenes de esta crisis eclesiástica, influencias de signo bien terreno, y en tal sentido aparece claro que el apoyo prestado a Clemente VII por el rey de Francia, deseoso de restaurar el Papado aviñonés contribuyó en buena medida a la consolidación del Cisma. Pero la realidad es que la Cristiandad se encontró frente al hecho de la simultánea existencia de dos papas, cada uno de los cuales pretendía ser el legítimo vicario de Cristo, el uno con sede en Roma, la Ciudad Eterna, y el segundo en Aviñón, esa otra ciudad que, desde hacía setenta años, las gentes se habían acostumbrado a considerar como residencia pontificio. Todas estas razones ayudan a comprender, no tan sólo por qué los príncipes y las naciones se dividieron entre las varias obediencias, por motivaciones en buena parte de orden temporal y político, sino también el que la incertidumbre alcanzara incluso a muchos espíritus profundamente religiosos, que obraban con indudable rectitud y movidos por un sincero afán de fidelidad a la Iglesia. El simple dato de que santos canonizados –Santa Catalina de Siena y San Vicente Ferrer, por ejemplo– militasen en contrapuestas obediencias es un indicio de hasta qué punto el Cisma había sembrado la confusión en las conciencias de los fieles.

El final del Cisma y la reunión de la Cristiandad bajo un solo pastor seguía constituyendo, sin embargo, el supremo anhelo de la Cristiandad. Pero entre tanto 1a división se prolongaba y las nuevas elecciones papales celebradas en Roma y Aviñón parecían augurar un indefinido mantenimiento de la escisión. No dieron fruto las incontables soluciones propuestas para poner, término a la disputa, pues las dos partes se mostraban irreductibles y, pese a sus declaraciones en pro de la unidad de la Iglesia, en la práctica rehusaban cualquier efectivo acercamiento que preparase de algún modo el final de la escisión. Poco a poco, a medida que pasaban los años, se abrió camino la idea de que solamente un Concilio sería capaz de terminar con el Cisma.

En 1408, Gregorio XII era Papa en Roma y Benedicto XIII –Pedro de Luna– encabezaba desde hacía catorce años la obediencia de Aviñón. Ante la imposibilidad de lograr un entendimiento entre ellos, un grupo de cardenales romanos y aviñonenses se puso de acuerdo para convocar en Pisa un Concilio destinado a poner fin al Cisma. El Concilio de Pisa se reunió en 1409, declaró depuestos a los dos Pontífices de Roma y Aviñón y eligió Papa al arzobispo de Milán, Pedro Filarghi, con el nombre de Alejandro V. En la práctica, nada se había conseguido, pues ni uno ni otro de los depuestos Pontífices aceptó esa solución y el resultado fue que la Cristiandad quedó sumida en una confusión todavía mayor, y repartida ahora no ya entre dos, sino entre tres obediencias. La Iglesia parecía hallarse en un callejón sin salida y la idea de que tan sólo un Concilio verdaderamente universal podía sacar a la Cristiandad del atolladero se extendía cada vez más y encontraba un ardiente valedor en el recién elegido monarca alemán Segismundo. Juan XXIII, el nuevo «papa de Pisa», sucesor de Alejandro V, hubo de buscar el apoyo de Segismundo y, a instancias del emperador, se decidió a promulgar, en diciembre de 1413, la bula de convocación del Concilio Ecuménico de Constanza.

miércoles 28 de diciembre de 2011

El sermón de Montesinos

BARTOLOME DE LAS CASAS,
"Historia de Indias", Lib. III, Cap. 4 V 5

Descubierto el Nuevo Mundo y donado a los reyes españoles, se inicia la conquista por el sistema de "capitulaciones". La capitulación es un ''do‑ut des" entre la Corona y el conquistador del caso. Este consigue financiación y lleva a cabo la conquista a nombre de la Corona y ésta, a cambio, le concede títulos con amplios poderes políticos y jurisdiccionales sobre los territorios conquistados, en mutuo beneficio.

En estas condiciones América se feudaliza, quedando las masas indígenas subyugadas no tanto al poder central, muy lejano, cuando a la avidez de los Adelantados o Capitanes, quienes realmente tratan de resarcirse por todos los medios de sus trabajos y de la inversión.

A tal fin, se acude en un primer momento al desmantelamiento de templos, al saqueo de sepulturas, al simple robo de joyas o a los llamados "rescates" de personas por °rol lo que en términos actuales llamaríamos "secuestro". Bien pronto, esta primera fuente de consecución de riquezas se agota. Se pasa, entonces, de la simple apropiación de bienes secularmente acumulados por los pueblos precolombinos, al sistema de la apropiación personal de los indios como mano de obra necesaria para la explotación de las tierras y de las minas en busca de minerales preciosos. La masa indígena, según lo había propuesto Colón, es esclavizada aduciendo el derecho de guerra romano, la paganía o infidelidad y hasta la no humanidad de los indios. Tal sucede en el llamado período "antillano".

En medio de este cuadro de horror, hacia 1510 llega a la Española (Santo Domingo) un grupo de frailes dominicos, templados en el mas puro evangelio y dotados de gran sentida de la justicia, bebido en las fuentes tomistas de San Esteban de Salamanca, escuela de auténticos misioneros. Levantan una iglesia pajiza y junto a la iglesia el convento austero y parco. Aquí se enciende de indignación el alma de esta comunidad evangélica Pasado un año de ver horrores deciden hablar duro y alto, todos en común con el prior Pedro de Córdoba a la cabeza, pero con la voz áspera y pungente de Fray Antonio de Montesinos.
Llegado el domingo y la hora de predicar, subió en el púlpito el susodicho padre fray Antón Montesino, y tomó por tema y fundamento de su sermón, que ya llevaba escripto y firmado de demás: Ego vox clamantis in deserto. Hecha su introducción y dicho algo de lo que tocaba a la materia del tiempo del Adviento, comenzó a encarecer la esterilidad del desierto de las conciencias de los españoles desta isla y la ceguedad en que vivían; con cuánto peligro andaban de su condenación, no advirtiendo los pecados gravísimos en que con tanta sensibilidad estaban continuamente zabullidos y en ellos morían. Luego torna sobre su tema, diciendo así:

“Para os los dar a cognoscer me he sabido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto desta isla, y por tanto, conviene que con atención, no cualquiera, sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual os será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oir".
Esta voz encareció por buen rato, con palabras muy pungitivas y terribles, que les hacia estremecer las carnes y que les parecía que ya estaban en el divino juicio. La voz, pues, en gran manera en universal encarecida, declaróles cuál era o qué contenía en sí aquella voz:

"Esta voz, dijo él, que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbres aquellos indios? ¿Con qué auctoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muerte y estragos nunca oídos, habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades, que de los excesivos trabajos que les dais incurren y se os mueren, y por mejor decir, los matáis, por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y cognozcan a su Dios y criador,sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos?
"¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto, que en el estado que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo".
Finalmente, de tal manera explicó la voz que antes había muy encarecido, que los dejó atónitos, a muchos como fuera de sentido, a otros más empedernidos y algunos algo compungidos, pero a ninguno, a lo que yo después entendí, convertido.
Concluido su sermón, bájase del púlpito con la cabeza no muy baja, porque no era hombre que quisiese mostrar temor, así como no lo tenía, ni se daba mucho por desagradar los oyentes, haciendo y diciendo lo que, según Dios, convenir le parecía;con su compañero vase a su casa pajiza, donde, por ventura, no tenían que comer, sino caldo de berzas sin aceite, como algunas veces les acaecía. El salido, queda la iglesia llena de murmuro, que, según, yo creo, apenas dejaron acabar la misa. Puédese bien juzgar que no se leyó lección de menosprecio del mundo a las mesas de todos aquel día.

Consecuencias del sermón.
En acabando de comer, que no debiera ser muy gustosa la comida, júntase toda la ciudad en casa del Almirante, segundo en esta dignidad y real oficio, don Diego Colon, hijo del primero que descubrió estas Indias, en especial los oficiales del rey, tesorero y contador, factor y veedor, y acuerdan de ir a reprehender y asombrar al predicador y a los demás, si no lo castigaban como a hombre escandaloso, sembrador de doctrina nueva, nunca oída, condenando a todos, y que había dicho contra el rey e su señorío que tenía en estas Indias, afirmando que no podían tener los indios, dándoselos el rey, y éstas eran cosas gravísimas e irremisibles.
Llaman a la portería, abre el portero, dícenle que llame al vicario, y a aquel fraile, que había predicado tan grandes desvaríos sale solo el vicario, venerable padre, fray Pedro de Córdoba, dícenle con más imperio que humildad que haga llamar al que había predicado. Responde, como era prudentísimo, que no había necesidad: que si su señoría y mercedes mandaban algo, que él era prelado de aquellos religiosos y él respondería. Porfían mucho con el que lo hiciese llamar; él, con gran prudencia y autoridad con palabras muy modestas y graves, como era su costumbre hablar,se excusaba y evadía. Finalmente, porque lo había dotado la divina Providencia, entre otras virtudes naturales y exquisitas era de persona tan venerable y tan religiosa, que mostraba con su presencia ser de toda reverencia digno; viendo el Almirante y los demás que por razones y palabras de mucha autoridad el padre vicario no se persuadía, comenzaron a blandear humillándose y ruéganle que lo mande llamar, porque, él presente, les quieren hablar y preguntalles cómo y en qué se fundaban para determinarse a predicar una cosa tan nueva y tan perjudicial en deservicio del rey y daño de todos los vecinos de aquella ciudad y de toda esta isla.
Viendo el sancto varón que llevaban otro camino e iban templando el brío con que habían venido, mandó llamar al dicho padre Fray Antón Montesino, el cual maldito el miedo con que vino. Sentados todos, propone primero el Almirante por si y por todos su querella, diciendo que cómo aquel padre había sido osado a predicar cosas en tan gran deservicio del rey e daño de toda aquella tierra, afirmando que no podían tener los indios, dándoselos el rey, que era señor de todas estas Indias, en especial habiendo ganado l os españoles aquellas islas con muchos trabajos y sojuzgado los infieles que las tenían; y porque aquel sermón había sido tan escandaloso y en tan gran deservicio del rey e perjudicial a todos los vecinos desta isla, que determinasen que aquel padre se desdijese de todo lo que había dicho; donde no, que ellos entendían poner el remedio que conviniese.
El padre vicario respondió que lo que había predicado aquel padre había sido de parecer, voluntad y consentimiento suyo y de todos, después de muy buen mirado y conferido entre ellos y con mucho consejo y madura deliberación se habían determinado que se predicase como verdad evangélica y cosa necesaria a la verdad evangélica y cosa necesaria a la salvación de todos los españoles y los indios desta isla, que vian perecer cada día, sin tener dellos más cuidado que si fueran bestias del campo; a lo cual eran obligados de precepto divino por la profesión que habían hecho en el bautismo, primero de cristianos y después de ser frailes predicadores de la verdad‑ en lo cual no entendían deservir al rey, que acá los había enviado a predicar lo que sintiesen que debían predicar necesario a las ánimas, sino serville con toda fidelidad, y que tenían por cierto que, dizque Su Alteza fuese bien informado de lo que acá pasaba y lo que sobre ello habían ellos predicado, se tenía por bien servido y les daría las gracias.
Poco aprovechó la habla y razones della, que el sancto varón dio en justificación del sermón, para satisfacellos y aplacallos del alteración que habían rescebido en oir que no podían tener los indios, como los tenían tiranizados, porque no era camino aquello para que su codicia se hartase; porque, quitados los indios, de todos sus deseos‑ y sospiros quedaban defraudados, y así, cada uno de los que allí estaban, mayormente los principales, decía, ende rezado al propósito, lo que se le antojaba. Convenían todos en que aquel padre se desdijese el domingo siguiente de lo que había predicado, y llegaron a tanta ceguedad, que les dijeron, si no lo hacían, que aparejasen sus pajuelas para se ir a embarcar e ir a España. Respondió el padre vicario: "Por cierto, señores, en eso podremos tener harto de poco trabajo".
Y así era, cierto, porque sus alhajas no eran sino los hábitos de jerga muy basta que tenían vestidos, y unas mantas de la misma jerga con que se cobrían de noche; las camas eran unas varas puestas sobre unas horquetas que llaman cadalechos, y sobre ellas unos manojos de paja; lo que tocaba al recaudo de la misa y algunos librillos, que pudiera quizá caber todo en dos arcas.
Viendo en cuán poco tenían los siervos de Dios todas las especies que les ponían delante de amenazas, tornaron a blandear como rogándoles que tornasen a mirar en ello, y que bien mirado en otro sermón lo que se había dicho se moderase para satisface; al pueblo, que había sido y estaba en grande manera escandalizado. Finalmente, insistiendo mucho en que para el primer sermón lo predicado se moderase y satisficiese al pueblo, concedieron los padres, por despedirse ya dellos y dar fin a sus frívolas importunidades, que fuese así en buena hora, que el mismo padre fray Anton Montesino tornaría el domingo siguiente a predicar y tornaría a la materia y diría, sobre lo que había predicado lo que mejor le pareciese y, en cuanto pudiese, trabajaría de los satisfacer, y todo lo dicho declarárselo. Esto así concertado, fuéronse alegres con esta esperanza.

lunes 26 de diciembre de 2011

Apogeo de la Escolástica en el siglo XIII

texto de Joseph Lotz:


Posibilidad, necesidad, realidad, utilidad y peligros de la teología constituyen uno de los grandes -fatídicos- temas de la historia de la Iglesia en general y de la Iglesia occidental en particular. Ya en la Sagrada Escritura las cuestiones resumidas en los susodichos términos aparecen como un factor decisivo para la predicación cristiana, especialmente en Pablo y en Juan. El problema puede formularse brevemente así: ¿cuándo o en qué lugar de la Escritura su palabra religioso-profética (expresada, por ejemplo, en fórmulas exclusivistas o valoraciones superlativas) es una afirmaciónteológica en sentido estricto, esto es, debe tomarse en sentido literal?

a) La lucha por lo «literal» y lo «estrictamente teológico» (o sea, la lucha por una terminología precisa y adecuada) en afirmaciones, diferenciaciones o también negaciones constituye el núcleo último de todo estudio teológico. La mayor proximidad o lejanía de la terminología (utilizada en cada caso) respecto a la palabra o los símbolos de la Sagrada Escritura determina, dentro de la teología, diferentes grados no sólo de comprensión científica de la materia revelada, sino también de valoración cristiana de las formulaciones abstractas de la verdad revelada en la Biblia.

b) Después de que el pensamiento cristiano antiguo había tocado las más altas cumbres con Orígenes, los Capadocios y Agustín, tuvo el Medievo que iniciar, como heredero menor de edad del legado (greco) agustiniano, un pesadísimo camino hasta reelaborar una teología occidental independiente. Más allá de los simples tradicionalistas y recopiladores, los primeros intentos los encontramos en Beda el Venerable y Escoto Eriúgena. Un nuevo impulso, cualitativamente importante, lo dieron Bernardo de Claraval y Abelardo. Cuando Bernardo echó en cara a Abelardo que iba más allá de sus límites, esto es, de los límites señalados a los hombres, quedó indicado claramente el grado de desarrollo: la filosofía y teología dialécticas, la Escolástica, eran una respuesta a la búsqueda del hombre occidental, que se hacía mayor de edad (incluido naturalmente el seglar). La teología propiamente «monástica» de Bernardo planteó expresamente un doble problema, que afectaba la misma esencia de lo teológico: primero, si se puede hacer teología científica prescindiendo de una terminología abstracta, rigurosamente elaborada; segundo, si no puede ocurrir que dicha terminología abstracta, en ciertos casos, no acerque a la verdad, sino, al contrario, dé pie a un alejamiento del clima de la palabra bíblica y, con ello, de la comprensión de su plenitud.

Bien puede decirse que el logro máximo de la alta Escolástica, cuya duración fue relativamente corta, consistió en alcanzar una insuperable y proporcionada «univocidad» en el artificioso lenguaje conceptual y a un mismo tiempo expresar la riqueza de la Escritura y su paradójica incomprensibilidad en forma creyente.

c) La alta Edad Media se caracteriza por su gran unidad interna. Una significativa demostración de esta unidad es la armonía entre la fe y la ciencia que proclama. La exposición científica de esta convicción dio como resultado la alta Escolástica.

La alta Escolástica fue la coronación de un largo desarrollo, que comenzó con el discurso de Pablo en el Areópago y en el que participaron, en diversa medida, los apologetas del siglo II y todos los teólogos cristianos posteriores que mantuvieron viva la fuerza del pensamiento. Fue la conclusión provisional de un esfuerzo de siglos por determinar correctamente la relación entre razón y revelación, logró una formulación válida y duradera -al menos en los puntos decisivos- del problema de la teología y dio la solución (clásica) al problema fundamental del mundo griego.

Con esto no se quiere dar la impresión de una línea de desarrollo plenamente unitaria (que no existe) ni defender la opinión de que después de la Escolástica en el campo católico ya no se ha planteado fundadamente ninguna otra cuestión esencial. ¡Si todo nuestro saber creyente es fragmentario (1 Cor 13,9), cuánto más lo será el esfuerzo de la razón por describirlo!

La Escolástica construyó su sistema sobre las afirmaciones de la Escritura, bien comentando sus libros, bien recogiendo sentencias dimanadas de las glosas a la Escritura. Pero no nos ofrece solamente una enseñanza. Presenta, en sus «sumas», todo un orden cristiano, hasta el punto de convertirse en un «espacio vital» para el espíritu (Guardini).

d) La alta Escolástica creció en las universidades del siglo XIII como ulterior y vivo desarrollo de la nueva ciencia aparecida en el siglo XII. En las universidades (especialmente en París) no se enseñaba en francés o italiano, sino en latín; eran visitadas por maestros y discípulos de todo el Occidente. Constituían una expresión viviente de la cultura eclesiástica unitaria, supranacional y universal de la alta Edad Media.

Dada la libertad de movimientos de los maestros y estudiantes, el espíritu que se cultivaba en París se transmitió también a otras universidades de Occidente. Las universidades contribuyeron así en gran medida a fomentar y robustecer la espiritualidad unitaria del Occidente. En su nacimiento como en su florecimiento desempeñaron los papas un importantísimo papel. Sin los privilegios y prebendas pontificios, a muchos (a la mayoría) no les hubiera sido posible visitar estas escuelas superiores, y mucho menos a los maestros ejercer allí su docencia.


El florecimiento de la teología científica en las universidades guardó estrecha relación con el extraordinariamente rápido progreso de toda la vida intelectual de Occidente desde el siglo XII (tan significativamente distinto del lento ritmo del despertar espiritual en los siglos siguientes a la invasión de los bárbaros). Para este florecimiento espiritual general, como para el teológico en particular, el gran factor fecundante volvió a serlo el Oriente, y en concreto Aristóteles, el máximo representante del pensamiento griego.

Las universidades más antiguas son las de Bolonia, París, Salerno, Montpellier, Oxford. Los maestros estaban organizados por facultades; los estudiantes, por naciones. Todos los alumnos tenían que estudiar primeramente filosofía (facultad de artes), antes de tener acceso a las facultades superiores. En la facultad de teología la lectura y el estudio de la Sagrada Escritura era la base para todo lo demás. En Alemania aparecieron las primeras universidades en el siglo XIV (Praga [1347], luego Viena, Heidelberg, Colonia, Erfurt, Würzburgo). Las órdenes fundaron muy pronto sus Estudios Generales.

a) Hasta el siglo XII pocas de sus obras fueron conocidas en Occidente. Ahora comenzaron a conocerse también sus escritos metafísicos, físicos y éticos. El máximo resultado de la avanzadísima filosofía del pueblo mejor dotado para pensar irrumpió -por decirlo así- de golpe en el pensamiento occidental.

b) Esto implicaba una fecundación profunda, pero también un grave peligro. Muy bien puede decirse que en Aristóteles el anima naturaliter christiana había llegado a resultados que en gran parte «concordaban» con la doctrina cristiana. Pero Aristóteles fue un pagano; su idea de lo divino no era clara ni profunda, su distinción entre Dios y el mundo más bien imprecisa. Sus doctrinas, además, habían sido explicadas de forma enteramente panteísta por los filósofos árabes y judíos (por ejemplo, Averroes, nacido en 1126 en Córdoba y muerto en 1198 en Marruecos; Moisés Maimónides, nacido en 1135 en Córdoba y muerto en 1204 en El Cairo). Precisamente de manos de esos filósofos recibió el Occidente las obras de Aristóteles.

c) El pensamiento cristiano logró eliminar estas escorias y obtener un Aristóteles «cristiano», consiguió -digamos- «bautizarlo». El máximo mérito a este respecto corresponde al dominico Alberto Magno (descendiente de una familia de caballeros de Suabia, maestro en París y luego, desde el 1248, en el Estudio General de los dominicos de Colonia; muerto en 1280 siendo obispo de Ratisbona; canonizado y declarado doctor de la Iglesia el 8 de enero de 1932). La sorprendente amplitud de su saber le convirtió en el mayor científico de la Edad Media. El, el gran escolástico, fue también uno de los primeros en comprender la importancia de la observación «exacta» y amorosa de la naturaleza.

Fue maestro del máximo pensador católico, santo Tomás de Aquino. A su lado un número creciente de pensadores occidentales, en su mayoría pertenecientes a las órdenes mendicantes, por ejemplo, Alejandro de Hales († 1245, franciscano desde 1230), se esforzó por profundizar especulativamente en las tesis cristianas con la ayuda de Aristóteles.

d) Aristóteles no solamente había tratado cuestiones aisladas de filosofía, sino que había indagado las relaciones de todo lo existente hasta en sus últimos elementos. Elevándose desde esta base, había presentado toda la amplitud del ser en una sistemática estructura de pensamiento.

Sirviéndose de este trabajo especulativo de Aristóteles, la alta Escolástica se propuso: 1) conocer el contexto de la revelación del modo más científico posible y 2) presentarlo a) en un plan unitario y b) exhaustivo. La construcción mental aristotélica era una imagen del mundo natural. La Escolástica hizo de ella, incluyendo la revelación, una imagen del más acá y el más allá, de este y el otro mundo.


La vida de la teología en el siglo XIII fue extraordinariamente rica y polifacética. Pero la palma corresponde por entero a un solo hombre: Tomás de Aquino, de la Orden de Predicadores.

Tomás († 1274) nació hacia 1226 de una familia de condes de la Italia meridional. Tuvo que imponer su vocación venciendo una fuerte oposición externa; en Nápoles ingresó en la orden de los dominicos. Marchó a Colonia con Alberto Magno, del cual fue discípulo en París, Roma, Bolonia, Pisa y Nápoles. Entre sus numerosas obras, las más importantes son la Summa theologica y la anteriorSumma contra gentiles (= contra los filósofos mahometanos).

Tomás es el más sabio de los santos y el más santo de los sabios. En él alentaba el afán aristotélico de conocer las relaciones íntimas de todo ser, y un extraordinario poder de unificación ysistematización. Y todo ser fue para él un camino hacia Dios. No permitió que la filosofía irrumpiese en el contenido de la revelación, sino que él enseñó a la filosofía a callar humildemente ante el misterio divino.

En el artículo 13 de la cuestión 12 de la primera parte de la Suma teológica, donde trata del conocimiento intelectual de la existencia de Dios, él, que construye la prueba con tanta sobriedad y aparente frialdad analítica, confiesa: Deo quasi ignoto coniungimur: estamos unidos a Dios como a un desconocido. En otro pasaje (De potentia Dei, 7,5 ad 14) dice: «Este es el supremo conocimiento humano de Dios: saber que no le conocemos». Y hacia la mitad de la tercera parte de la colosalSuma teológica, todavía en la plenitud de sus fuerzas, deja la pluma a un lado, porque todo lo que él escribe es como tamo ante la realidad divina.

Tomás poseía también un claro talento arquitectónico de escritor. Su gran obra, que debía constituir la suma de la ciencia teológica para «principiantes», es, en su estructura como en las soluciones particulares, de una armonía clásica: una maravilla de síntesis unitaria, múltiple y orgánica. Tomás tenía también lo que faltó a muchos de sus sucesores: un cierto sentido histórico (naturalmente no como se entiende hoy). Aunque su pensamiento estaba íntegramente orientado hacia la verdad ahistórica, en su teología encontramos notables elementos de la historia de nuestra salvación y conocimientos sobre su desarrollo esencial (Congar). También dominaba críticamente todo el trabajo realizado hasta entonces, y exigía expresamente que no se pasase a la solución aislada de un problema antes de conocer las soluciones dadas ya con anterioridad.

El propio Tomás fue un seguidor modélico de este método. La gran prueba en este sentido la tenía en su postura ante san Agustín, y la superó. En sus métodos especulativos, ciertamente, desplazó a Platón y Agustín hacia la periferia en beneficio de Aristóteles. Pero en su sistema, sin embargo, conservó a la vez todo san Agustín, con su pensamiento personal y su comprensión más intuitiva de la realidad divina y la realidad psíquica. Así, su agudo y denodado método de análisis racional evitó el intelectualismo y el racionalismo. Esto cobra toda su importancia si consideramos la estrecha relación, hace poco descubierta, entre Agustín y Aristóteles.

Tanto para su encuadramiento histórico, es decir, para conocer su función histórico-espiritual, como para entender el inusitado aprecio actual de la doctrina de santo Tomás por parte de la Iglesia es muy importante no perder de vista que sus opiniones y métodos fueron tenidos por nuevos y hasta por subversivos en aquella época y, como tales, alabados y combatidos. Tomás, con su gigantesca obra, tendió sobre todo a ayudar a la Iglesia a vencer dos grandes peligros: 1) venció el ataque de los filósofos árabes, remitiéndose a su primitiva fuente, Aristóteles, en vez de combatirlos vanamente desde fuera; 2) llevó a feliz término la lucha con la herejía de la época, que él llamaba la herejía maniquea. En realidad se trataba de los cátaros.

Para su justa valoración también es fundamental entender que Tomás mismo no quiso elaborar, o creyó no haber elaborado, un sistema concluso, no susceptible de nuevo desarrollo. Antes bien, él fue consciente de la perfectibilidad de su doctrina (Hufnagel).

La característica de la Escolástica se puede observar magníficamente en la Suma teológica de santo Tomás. Cada uno de sus artículos muestra los elementos que hemos reconocido como esenciales de la Escolástica. 1) Se aducen las opiniones que parecen contradecir la tesis y se resuelven con una distinción de conceptos; 2) se hace uso del depósito de la tradición; 3) en una exposición positiva se presenta la comprensión científica del contenido de fe.

Tomás no solamente fue un pensador claro. También un gran hombre de oración. Estudiar y escribir eran para él un acto de culto a Dios. La misma pluma que transcribió tan sutiles definiciones de conceptos escribió también cánticos profundamente sentidos. Tomás es la demostración viviente del íntimo parentesco de la Escolástica con la mística de la alta Edad Media.

Tomás es el maestro de la gracia. Nadie anunció con mayor claridad que él la doctrina básica de la religión cristiana, a saber: que todo lo que sirve para la salvación viene de la gracia. En la explicación del célebre pasaje de Rom 3,28, al cual Lutero en el texto de su traducción posteriormente añadió la palabra «sola», este mismo término sola ya lo encontramos en Tomás. En su magnífica plegaria de acción de gracias después de la misa (Gratias tibi ago) se revela abundantemente la confesión católico-evangélica del «pecador y al mismo tiempo justo», que no da lugar a la justificación por las obras ni al mérito propio de la ley[48]. Pero este mismo hombre fue monje durante toda su vida, defendió el libre albedrío del hombre y su colaboración en el proceso de la salvación y reconoció a la Iglesia jerárquica sacramental como la nave necesaria para alcanzar la eterna salvación.

San Buenaventura († 1274), de la orden de los Menores, muy apreciado y, a veces, literalmente citado por santo Tomás, es otra muestra de la afinidad de la Escolástica y la mística. Poco después de los dominicos, también los franciscanos llegaron a París como maestros y estudiantes. Buenaventura fue su máximo representante en el siglo XIII. A la edad de treinta y seis años fue hecho ministro general de la orden, que entonces se hallaba en una situación sumamente peligrosa. El antecesor de Buenaventura como general, Juan de Parma, había sucumbido a la seducción del «joaquinismo» espiritualista (§ 62, 3). Este peligro quiso atajarlo el teólogo Buenaventura, tratando de conservar para la Iglesia cuanto de legítimo había en la herencia de Joaquín de Fiore. Y, efectivamente, logró restablecer la paz entre los dos partidos de la orden. Con este fin escribió una biografía (verdaderamente normativa) de san Francisco. También tuvo cierta importancia su colaboración para la unión de los griegos en el Concilio de Lyón (donde murió).

Buenaventura fue un místico ardiente. Ante el crucificado se abismaba en sí mismo y desde allí se elevaba, en triple ascensión mística, hasta la unión con el Santísimo. Pero también fue, esencialmente, un pastor de almas con una infatigable y meritoria actividad de predicador ante los más diversos auditorios, ante frailes, ante estudiantes, ante la corte de París... En el aspecto filosófico-teológico acusó preferentemente (como en general la escuela franciscana, a diferencia de la dominicana, orientada en sentido aristotélico) influencias platónico-agustinianas; su misma teología fue acentuadamente cristológica. También vio claramente el peligro de la teología filosófica en santo Tomás; opinaba que no se debía mezclar tanta agua de la filosofía con el vino de la teología. Teología y oración no fueron en él conceptos dispares: «nos dedicamos a la teología para ser buenos».

La adhesión de cada una de las órdenes (especialmente de los franciscanos y dominicos) a una determinada escuela filosófico-teológica estimuló, por una parte, el progreso de las ciencias, dada la competencia de los sistemas. Pero, por otra, la obstinada vinculación a determinadas opiniones doctrinales acabó, de muchas formas, cristalizando en una inerte dictadura de escuela. Y así, a consecuencia de todo esto, hubo en la Iglesia verdaderas luchas de competencia que, a finales del Medievo y en los tiempos modernos (controversias sobre la gracia), hipotecaron indirectamente la unidad de la Iglesia. Cuando, por ejemplo, las tesis teológicas se equiparaban prácticamente a la doctrina de fe, o parecían estar muy íntimamente ligadas a ella, este elemento nocivo se hacía mucho más visible.

miércoles 21 de diciembre de 2011

Las dos venidas de Cristo

San Cirilo, Obispo de Jerusalén (siglo IV), fue proclamado doctor de la Iglesia por León XIII en 1882. Sus célebres Catequesis constituyen uno de los más preciosos documentos de la antigüedad cristiana. He aquí su palabra siempre actual sobre las venidas de Cristo, cuyo recuerdo se hace fuertemente presente en la espera de la Navidad.


“Anunciamos la venida de Cristo. Anunciamos no sólo la primera, sino también la otra, mucho más gloriosa que aquélla. La primera se realizó en la humillación, la segunda traerá consigo la corona del Reino.
“Porque en nuestro Señor Jesucristo todo presenta una doble dimensión. Doble fue su nacimiento: uno de Dios, antes de todos los siglos; otro, de la Virgen , en la plenitud de los tiempos. Doble su venida: una en la oscuridad y calladamente, como lluvia sobre el césped; la segunda, en el esplendor de su gloria, se realizará en el futuro. En la primera venida fue envuelto en pañales y recostado en un pesebre; en la segunda, estará envuelto en un manto de luz. En la primera, fue despreciado, sufrió la ignominia de la cruz; en la segunda, vendrá lleno de poder y de gloria, rodeado de todos los ángeles.
“Por lo tanto, no nos detengamos sólo en la primera venida, sino esperemos ansiosamente la segunda. Y así como en la primera dijimos: Bendito el que viene en el nombre del Señor , en la segunda repetiremos lo mismo cuando, junto con los ángeles, salgamos a su encuentro y lo aclamemos diciendo: Bendito el que viene en el nombre del Señor .
“El Salvador vendrá no para ser juzgado nuevamente, sino para convocar a juicio a quienes lo juzgaron. Él, que la primera vez guardó silencio mientras era juzgado, dirá a quienes se atrevieron a insultarlo cuando pendía en la cruz: Esto hiciste y callé .
“Entonces, vino para cumplir un designio de amor, enseñando y persuadiendo a los hombres con dulzura; pero después –lo quieran o no– necesariamente tendrán que someterse a su reinado.
“De aquellas dos venidas habla el profeta Malaquías: Y vendrá a su templo el Señor a quien buscáis . Esto lo dice de su primera venida.
“Y de la otra dice: El mensajero de la Alianza que vosotros deseáis. Aquí está, ya viene el Señor todopoderoso. ¿Quién podrá resistir el día de su llegada? ¿Quién permanecerá de pie cuando él aparezca? Porque él es como el fuego de los fundidores y como la lejía que blanquea la ropa. Se sentará como el obrero que funde y purifica la plata .
“Y Pablo, en su carta a Tito, nos señala las dos venidas con estas palabras: La gracia de Dios, que es fuente de salvación para todos los hombres, se ha manifestado. Ella nos enseña a rechazar la impiedad y las concupiscencias del mundo, para vivir en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad, aguardando la feliz esperanza y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús . Mira cómo nos muestra la primera venida, por la cual da gracias, y la segunda, que nos la hace esperar.
“Por eso, ahora se nos enseña el objeto de la fe que profesamos, para que creamos en Aquél que subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre, y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos, y su reino no tendrá fin.
“Vendrá, por tanto, nuestro Señor Jesucristo desde el cielo; vendrá glorioso en el último día al fin del mundo. Y entonces será la consumación de este mundo, y este mundo que una vez fue creado será totalmente renovado.”